Era Lunes Santo. Pero este era especial... Desde muy temprano estaba esperando, tan temprano que coincidió con los que como ella, procesionaban por primera vez.

Belén había decidido ser cofrade gracias, en gran parte, a su abuela que, ante cualquier dificultad, le había aconsejado, desde que Belén era pequeña, que le rezara al Cristo del Perdón. Y por todos aquellos años de oraciones Belén se lo debía a su abuela, al Cristo del Pardón y a sí misma... Y como lo debía allí estaba, en la parte de atrás de San Antolín, contando los minutos que le quedaban para estrenarse como nazarena murciana.

Se encontraba rodeada de muchísimas túnicas magenta, tantas que, junto a los nervios, pueden llegar a marear... Veia muchos corrillos de nazarenos en los que reconocía alguna cara... corrillos que, en muchas ocasiones sólo se reunían de año en año, en ese mismo lugar, y con la misma ilusión que todos los años por formar parte en el "rio magenta" que inunda Murcia cada Lunes Santo.

Estaba nerviosa desde la noche anterior en la que tras ver regresar al Cristo de la Esperanza a la iglesia de San Pedro, le había costado conciliar el sueño tanto como cuando era una cría y era el 5 de enero...

Había revisado miles de veces todo lo que necesitaba para aquel momento tan especial y, a pesar de haber estado segura de que se le olvidaría algo, llevaba todo lo necesario.

Ella no pertenecía a una familia con tradición nazarena. Sus padres eran "nazarenos de silla", pero en su casa nadie procesionaba, y su devoción por el Cristo del Perdón era algo especial que no había aprendido en casa. Desde pequeña cuando veia una "estampica" del Cristo del Perdón, ella sentía algo grande en su interior  (una grandeza que siempre ha entendido como demostración de que Cristo siempre nos acompaña), y que se repite, como tradición, cada Lunes Santo, en le besapiés del Cristo en el que aún no puede (ni quiere) evitar que le recorra un escalofrío y que se le ponga la piel de gallina.

 La procesión había comenzado a salir hacía rato y ya quedaban bastantes menos nazarenos esperando, y, por fin, por medio de un megáfono, fueron llamados a filas los nazarenos pertenecientes a la Hermandad del Cristo del Perdón. Había llegado el ansiado momento. ¡Y qué momento! Todos los nervios del dia anterior se convirtieron en una en una explosión de júbilo.

Al pasar por la puerta de San Antolín no pudo evitar mirar hacia atrás y ver, ya casi en la calle, al Santíssimo Cristo del Perdón... a su Cristo, esperando a desfilar, un año mas, pr Murcia, recordándonos que Él es nuestro Salvador, que murió por nosotros y que perdona todos nuestros pecados.

En ese momento, las lágrimas rodaron por las mejillas de Belén. Demasiadas emociones contenidas en un largo día, día que había empezado pronto con la misa anterior al besapiés, y que aún no había terminado. Quedaba toda una procesión por delante, muchos caramelos que repartir y un emocionante regreso en el que, seguramente, alguna lágrima en la que se mezclan alegría y satisfacción, se escaparía, un alágrima que sin lugar a dudas volvería a escaparse el próximo Lunes Santo.